¿Por qué reaccionamos diferente?

Hola!!

Ya iluminamos el bosque… acerquémonos a los árboles 😉

¿Hiciste el ejercicio anterior para empezar a pensar en diferentes experiencias y reacciones?

En fin, el objetivo era pensar en las diferencias, que probablemente encontraste y podrás seguir encontrando…

¿Por qué crees que las personas reaccionan diferente ante algo que sucede?

En primer lugar: cuando nacemos somos como una hoja en blanco, como una computadora recién comprada que cuenta con el hardware y el software para utilidades básicas, que luego el usuario va configurando “a su medida”, la va personalizando.

Los primeros responsables de la  “programación” de los niños (porque somos seres sociales, se acuerdan?) son papá y mamá, además de cuidadores, educadores, etc… cruciales en esta etapa de desarrollo. 

El desarrollo será el resultado de combinar el hardware, el software básico y otros programas que va instalando la gente importante para el niño (y que cuando somos grandes creemos que los instalamos nosotros: el clásico “yo soy así”).

(Si está leyendo esto algún ingeniero en computación… mil disculpas!)

¿El resultado de todo esto?

Diferentes formas de reaccionar ante una determinada situación, según lo que hemos aprendido de todas estas interacciones y las posibles combinaciones.

Durante esta “programación”, de niños aprendemos a responder a los estímulos de tal modo que las personas importantes para nosotros estén satisfechas, ya sea de forma consciente o no.

Por ejemplo, si un niño entiende que cuando llora porque está triste su mamá se pone triste, o se enoja, es probable que ese niño con el tiempo aprenda a “no llorar” porque interpreta que eso está mal.

Otro niño podría aprender a no demostrar alegría, porque la respuesta de su papá cuando está muy contento y juguetón es enojarse y decirle “no molestes, estoy cansado”, o ignorarlo.

Cuando estos niños sean grandes:

El primero podría reaccionar ocultando su tristeza tras una máscara de estar siempre contento o, por el contrario, enojándose cuando esté triste: el hecho es que aprendió a no demostrar tristeza y la sustituirá por otra emoción “permitida” que sí esté instalada en él.

El segundo niño, que no se permite demostrar alegría “porque molesta”, podría responder con apatía, aburrimiento, y resultándole difícil disfrutar, reír y jugar como le gustaría. Tal vez, encuentre formas menos adaptadas de disfrutar, mientras “no molesta”.

Y así, como estos niños (tal vez encuentres tus propios ejemplos) vamos creciendo y “programándonos”.

A veces, también nos puede quedar algo grabado por el impacto emocional que tenga en nosotros, y afectar también nuestras futuras reacciones automáticas.

Por suerte:

Hasta ahora hablamos de casos extremos, teniendo en cuenta que normalmente, todos somos personas con derecho a tener días buenos y malos, y todos los padres hemos tenido y tendremos reacciones de las que luego nos arrepentimos (¿viste cuando al rato te sentís el peor padre o la peor madre del mundo?. Ok. Es normal ;))

¿Quién no ha estado cansado algún día y con necesidad de estar tranquilo/a? o ¿quién no ha intentado consolar a su hijo diciéndole que no llore, que ya pasará…?

No es la intención generar un sentimiento de culpa generalizado!! Sino que cada uno podrá evaluar el peso que podría tener su educación en sus reacciones actuales.

Ahora retomando: por suerte también hay niños que sí llegan a adultos sintiéndose libres de demostrar su tristeza, su alegría, su miedo, enojo y afecto… porque de pequeños recibieron mensajes que les permitieron expresar sus auténticas emociones a la vez que les enseñaban cómo encauzarlas.

Si no estás dentro de este grupo no te preocupes!!

La mayoría de las personas están programadas para no expresar auténticamente las emociones, sino para comportarse de forma “políticamente correcta” inclusive en momentos de actuar como un niño…

Ahora, un paso más: 

Al mismo tiempo que sentimos, pensamos.

Así como aprendimos qué podemos sentir y qué no, también grabamos ideas, creencias, que se transforman en pensamientos automáticos, que a la vez determinarán nuestras acciones.

Por ejemplo, el niño que aprendió a no llorar o demostrar cuando está triste para no enojar o poner triste a su mamá, o aprendió a no demostrar enojo, o miedo, porque se consideraban emociones “malas” en su familia, posiblemente tenga una creencia muy profunda simplificada en “estar triste/enojarse/tener miedo es malo” (con otra cantidad de creencias que acompañen esta idea central y que abarcan muchos aspectos de su vida).

Es posible que cuando tenga motivos para estar auténticamente enojado, o con miedo, se manifieste riendo y eufórico, o llorando, o tenga depresión o ansiedad… porque aprendió a no expresar lo que realmente siente. Y algo seguro: ese niño cuando sea adulto tendrá todo un repertorio de pensamientos y creencias que le confirmarán lo que piensa y siente, y será muy difícil refutarlo, aunque la realidad le demuestre lo contrario.

¿Te ha pasado de sentirte vos así, o de estar junto a alguien que para cada alternativa que le das tiene un “pero…”?

¿Cómo te sentís ante los continuos “pero…”?

¿Cómo crees que se sienten los otros si intentan ayudarte y siempre pones un “pero…”?

Si el niño aprendió que puede expresar libremente lo que siente, ya sea alegría, tristeza, miedo, rabia o amor (las emociones auténticas que reconoce el Análisis Transaccional) es probable que experimente la emoción. Por ejemplo, que esté triste un tiempo adecuado a la situación y luego vuelva a la “normalidad”.

El niño que tiene permiso para expresarse y sentir de verdad podrá ser espontáneo, auténtico, y generará empatía en el otro. Sabe que puede estar triste y no necesita encubrirlo con otras reacciones. Será congruente entre lo que siente, lo que piensa y lo que hace. La emoción auténtica llega a un pico y luego se agota. No hay tristezas para siempre, así como no hay alegría ni amor de continuo (como emoción, digo).

Más allá de las emociones, el niño en desarrollo necesita adaptarse al entorno y por lo tanto absorbe todo lo que aprendió que está “bien” o “mal”, aunque no se lo hayan dicho explícitamente. Interpreta conductas, miradas, gestos de aprobación o de desaprobación a lo que hace, y así se va “programando”.

Esto explica en parte las diferencias entre personas en el momento de interpretar la realidad, y de actuar, así como la resistencia al cambio inclusive cuando la realidad muestre evidencias a su favor.

Reitero: también podemos tener de grandes una situación con un impacto emocional muy fuerte, que nos quede como disparador de conductas automáticas.

Por ejemplo: si el teléfono de tu casa nunca suena después de las 10 de la noche, y una noche te llaman a las 2 de la madrugada para darte una mala noticia…. es probable que a partir de ahí reacciones con miedo al despertarte por una llamada en la madrugada. Seguro que si estás acostumbrado a que a esa hora tus amigos están despiertos y te llaman para contarte algo divertido, no tendrás la misma sensación de miedo y tu respuesta será muy diferente.

Volvamos al ejercicio anterior:

Te preguntaba si “necesariamente” una familia sin separaciones será feliz, mientras una que haya sufrido separaciones o ruptura de su Proyecto de vida será menos feliz.

Uno de los aspectos de los que dependerá (entre tantos otros, reitero), será del modo en que cada miembro de la familia reaccione emocionalmente a la situación.

Cada persona reaccionará ante una u otra situación según cómo se sienta o piense al respecto, o qué se permite sentir y pensar. No importaría tanto si se cumple el Proyecto de Vida o no, sino cómo afronte cada situación.

Se puede ser feliz más allá de que existan problemas, pérdidas y situaciones difíciles de resolver, si cada uno es capaz de sentir lo que “quiere” sentir en cada momento: estar triste, estar enojado, expresar afecto o demostrar miedo.

Pero ojo: la emoción en sí tiene un ciclo corto, como una ola: tiene una expresión máxima que puede ser elevada, como su cresta, y vendrá acompañada de un descenso de la intensidad y vuelta a la calma. Podemos enojarnos y expresarnos con todas las letras, pero ya no hablaríamos de “emoción” como tal si seguimos enojados dos días seguidos por la misma situación. Ahí ya entraría en juego lo que sigo pensando sobre lo que pasó, no la emoción auténtica.

Cada evento significativo en la vida requerirá un tiempo de acomodación, a veces de duelo (que lleva más tiempo). Sin embargo, si una persona no logra volver a la calma luego de una situación que genere emociones fuertes, podríamos pensar que hay emociones de base que no están siendo consideradas, o estaríamos ante otro tipo de dificultades.

Hoy, la invitación es a que pienses si te estás permitiendo sentir lo que sentís y actuar en consecuencia, y si hay situaciones en las cuales actuás de forma diferente a lo que realmente estás sintiendo:

¿Hay tristeza debajo del enojo?

¿Hay afecto debajo de la tristeza?

¿Hay miedo debajo de la ansiedad?

¿Hay otras emociones debajo de la depresión?

Es más: ¿podés identificar qué es lo que realmente estás sintiendo? 

En la próxima entrada, nos enfocaremos en el árbol, y veremos cómo funciona esto de pensar, sentir y actuar… y viceversa.

 ¿Me acompañas?

 

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