La libertad de tener opciones

Cuando era chica, me gustaba mucho el color rosado. Alrededor de los 11 – 12 años, tengo el recuerdo (aunque no necesariamente era así, pero lo sentía) de que la mayoría de mi ropa era rosada: más clara, más oscura, en buzos, pantalones, medias… porque todo tenía que hacer juego. Durante un tiempo caí en una trampa en la que si me compraban algo nuevo, tenía que ser rosado para combinar con lo que ya tenía.

Hasta que, por suerte, me dí cuenta de que no todo tenía que ser igual, y no tenía que seguir usando rosado porque ya tenía rosado… sino que podía variar, elegir otros colores, y combinarlos según la ocasión, el estado de ánimo, el objetivo y las ganas que tuviera o no, en determinado momento, de usar tal o cual color.

¿No nos pasa eso a veces con las relaciones? “Siempre tuve este grupo de amigos ¿por qué voy a conocer más gente?”… y nos mantenemos dentro de la burbuja desde la escuela primaria, o desde el liceo… o desde el jardín de infantes.

Viéndolo ahora, con otras experiencias y viendo crecer a nuestros hijos, podemos darnos cuenta de lo bueno que es estar abiertos a nuevas experiencias, a nuevos grupos de personas, que podrán llegar a ser amigos… o no, pero que sí nos dan la posibilidad de hacer cosas diferentes, de conocer nuevas maneras de pasar el tiempo juntos, de variar y darnos cuenta de que no hay una sola manera de estar con otros ni un solo grupo que sea bueno.

Seguramente todos tenemos diferentes tipos de “amigos”, sea individualmente o en grupos:

  • aquel con el que nos reímos y disfrutamos de salidas “pachangueras”, pero tal vez ni siquiera conozcamos su casa,
  • aquel con el que hablamos de las “penas” del trabajo, con quien compartimos logros y frustraciones, y con el que sentimos una conexión que lo hace más que “compañero”
  • aquel que es especial para escucharnos cuando nos sentimos mal, a quien acudimos si necesitamos hablar realmente con alguien que no nos juzgue ni nos critique (aunque tal vez sea aburridísimo si queremos salir a divertirnos)
  • aquel con el que compartimos algún interés especial y eso es lo que nos une (un deporte, música, hobby, etc.)
  • aquel que simplemente “es”, que no tiene un rol definido pero que sabemos que está cuando lo necesitamos, y viceversa (tal vez no salimos “de pachanga”, pero podemos ir a su casa sin previo aviso, sin compromisos, y podemos divertirnos, escucharnos, hablar del trabajo o de la vida… o no hacer nada).

Reitero: esto podemos encontrarlo en una persona o en un grupo. Cada grupo en sí mismo puede cumplir alguna de estas funciones, y a la vez podemos tener diferentes vínculos con los miembros individualmente.

No tenemos por qué compartir todas las conductas ni tener afinidad con cada miembro del “grupo de pachanga” por ejemplo, pero podremos disfrutar de la compañía mutua si tenemos claro para qué nos juntamos, y qué es lo que podemos esperar del mismo.

Nos puede suceder lo mismo si pensamos salir a divertirnos en un boliche, con aquel que puede ser un gran escucha, pero que no le guste salir o le cueste adaptarse a otras situaciones.

Y eso no lo hace menos “amigo”, simplemente elegiremos estar juntos en otras circunstancias, donde ambos estemos cómodos.

Personalmente, aclaro que para mí la palabra “amigo” está sobre-utilizada, y la usamos de una forma cómoda y liviana (me incluyo, inclusive en lo que he estado escribiendo aquí).

Seguramente cuando tenemos que hilar más fino ante la pregunta: ¿quiénes son tus amigos? la respuesta no es tan sencilla. Para mí, tampoco lo es responder a “cuál es tu color favorito”, porque… depende. Me encanta el blanco y negro, pero sería muy aburrido que todo sea blanco y negro, ¿no?

Es probable que si nos detenemos a pensar, nos demos cuenta que consideramos “amigo” a alguien por costumbre, porque compartimos mucho tiempo juntos…  o que en este momento nos demos cuenta que tenemos un nuevo “amigo” en alguien que teníamos en la categoría de “compañero”: porque nos detenemos a pensar en conductas, en experiencias, en sentimientos… y en la palabra “amigo” en su significado más profundo.

Esta pregunta también nos puede ayudar a valorar aún más a “ese grupo burbuja” que tuvimos alguna vez: conocer otras personas, otros grupos, justamente, nos permite valorar aspectos positivos y negativos de cada una, y generar nuestra propia opinión y postura con conocimiento de causa.

En definitiva, detenernos a pensar en “quiénes son tus amigos” puede llevarnos a darnos cuenta de que AMIGOS de la categoría del que “es” pueden ser muy pocos: esos que están siempre, donde no importan los compromisos, con quien las cosas se dan naturalmente y a quien se conoce hasta el punto de aceptar sus puntos fuertes y débiles, y sus acciones en función de su forma de ser (no de la nuestra).

Pero también – y esta es la parte linda – sabiendo que sobreutilizamos la palabra “amigo”, podemos usarla para todas esas relaciones en las cuales las funciones de los grupos varían, y en las que pueden generarse también diferentes vínculos, más o menos estrechos.

La invitación hoy es a que no uses sólo rosado porque siempre usaste rosado… animate a otros colores, combiná, cambiá, fijate en qué situaciones y en qué atuendo te queda mejor uno u otro color… y así tendrás una amplia paleta de colores a tu disposición.

Cambiar de color no significa que no te guste más el rosado, sino simplemente, que saliste de la caja… y que merecés tener opciones.

Y si te parece que esta entrada lo merece… dale “me gusta” y compartila 😉

 

 

 

 

 

 

 

 

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